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ORIENTACION SISTEMICA

CONSTRUCCIÓN SOCIAL COMPARTIDA

CONSTRUCCIÓN SOCIAL COMPARTIDA

 

“…y el hombre es aún más mono que el mismo mono.”

Friedrich Nietzsche

 

GABRIEL  ECHAGÜE

 

 

No soy sicólogo laboral, ni administrador de empresas, ni economista,   o algo parecido. Por lo tanto, no les puedo hablar a ustedes como un experto en éstas áreas, y lo que diga sólo reflejará el hecho de que he estado ligado a ellas como parte del saber humano, a través de la educación, de amigos, profesores, estudiantes, libros, a través del estudio de la Teoría General de Sistemas y la Cibernética Humana y primordialmente a partir de la meditación. De modo que lo que les diré tendrá que ver esencialmente con mí pensar como psicólogo sistémico y filósofo modulado por mis experiencias en diversas áreas de mi vida.

 A mi entender, como vivimos en un estado general de desconfianza, solo queremos escuchar las voces de expertos que nos digan qué hacer con referencia a los problemas específicos, sean éstos personales, familiares o de organizaciones.

No desdeño la experiencia, revelo las falencias de tal actitud, y generalmente la actitud del “experto” se basa en la actitud de “exclusión”, excluimos a las personas en las organizaciones porque no tienen experiencia, no tienen capacidad, don de mando-liderazgo y otras características similares del catálogo de “Completitud Personal”, si ampliamos la mirada veremos que somos personas multidimensionales que están en constante cambio y crecimiento, que no estamos acabados, no somos un producto terminado y perfecto de fabrica con todas las características que requieren las empresas u otras organizaciones. Somos seres humanos -como diría Freire- en construcción, nos edificamos juntos, nos educamos  juntos y -en palabras de Maturana- crecemos en el placer consensual de la convivencia.  

 

Atendiendo a lo mencionado más arriba y algunos pensamientos de Ximena Dávila (colaboradora de Humberto Maturana) cabe preguntarnos ¿cómo es el espacio psíquico de nuestra organización o comunidad?, ¿nos escuchamos, nos vemos? Si reflexionamos nos daremos cuenta que este hecho de escucharnos y vernos genera el espacio para la colaboración… Esto no sucede con el paradigma de “experto o líder”, ya que éste sabe cómo deben hacerse las cosas, se privilegia el conocimiento antes que lo vivencial y aún contradictoriamente con su definición antes que la experiencia misma, al privilegiarse el conocimiento prima la necesidad casi obsesiva de certidumbre y si operamos desde la certidumbre no estaremos dispuestos a escuchar a otros ya que la certidumbre niega la reflexión porque no ofrece los fundamentos de lo que afirma. Si todo está dicho y se da por sentado a través del conocimiento y la experiencia, el experto no está dispuesto a ofrecer los fundamentos de sus acciones porque no ha reflexionado sobre ello y al moverse en la certidumbre niega la colaboración que otros pueden ofrecerle ya que él está convencido de que es dueño de una verdad inquebrantable, entonces los demás están sometidos a los deseos de aquellos que están ubicados en una posición de superioridad en la distribución piramidal de la empresa u organización porque son ellos “los que saben”. Así es como el conocimiento y la experiencia validan los procedimientos organizacionales y se actúa ciegamente sin la luz de la reflexión. De ahí que este modo de ser de muchas organizaciones olvida la naturaleza de su operar y su  responsabilidad que declarada o no está abocada  al medio que la sostiene y hace posible. Y el trasfondo de la actitud en el espacio psíquico de las organizaciones es el de la omnipotencia, por eso priman las órdenes, subordinaciones y jerarquías,- con esto no decimos que éstos modos de operar no sean necesarios, el problema está en la actitud- cuando estas formas de operar de los que configuramos una organización, no nos permiten escucharnos, vernos y vivirnos, justificando así modos de vivir, trabajar y relacionarnos en la injusticia, la corrupción, la discordia que excluyen y niegan modos de vivir humanos basados en el respeto mutuo y la aceptación en la convivencia.

Ximena Dávila y Humberto Maturana invitan a vivir una nueva era en el modo de vivir de las sociedades en todos sus ámbitos. Proponen vivir en la Colaboración y la Co-inspiración co-participativas, donde los seres humanos nos orientamos por nuestra propia naturaleza al bienestar. Ahora bien si trasladamos estos postulados al ámbito de las empresas y comunidades, y si nos orientamos naturalmente hacia el bienestar y queremos hacer bien las cosas, ¿entonces cómo es que aún hay corrupción, discordia y exclusión? ¿Acaso estos modos de relacionarnos no son también constitutivamente humanos, presentes en toda la historia de la humanidad?

Primeramente, no negamos estas preguntas, ni las afirmaciones implícitas en ellas, pero hay que distinguir que la corrupción u otros modos de relacionarnos de manera destructiva no tienen que ver con nuestro ser constitutivo, sino más bien con formas de vivir y conducirnos de un modo que

puede ser nocivo no solo para otros sino también para uno mismo, de ahí que si no somos vistos o escuchados, si no tenemos presencia ante otros y ante nosotros mismos nos enfermamos, y éste estado coincide con los índices de estrés y malestar laboral y ni qué decir con depresión, angustia, ansiedad, hiperactividad y otros trastornos propios de nuestra cultura. Ciertamente los estados de desbalance en la salud son algo presente en la naturaleza, un recurso para alcanzar nuevamente un balance equilibrado, autorregulación sistémica más allá del proceso natural de entropía propio de los sistemas abiertos. Evidentemente nuestra cultura está enferma, está en el proceso descrito más arriba, por eso la tarea que nos toca es alcanzar nuevamente el balance adecuado en nuestro modo de vivir. Por lo tanto a mi entender el vernos como actualmente nos vemos no tiene que ver con una cuestión biológica sino cultural.

 

Ciertamente el mal, lo oscuro o como quiera llamársele está presente en toda la historia de la humanidad, pero tampoco hay que olvidar a las comunidades que dieron en llamarse: “Matrízticas”, las cuales vivían en armonía comunitaria y con la naturaleza, sin que primen aquellos elementos culturales de marginación, o de negación y rivalidad entre unos y otros. No decimos que eventualmente no hubiera estos modos de conducirse entre ellos, pero no constituían (y aún hoy en las comunidades matrízticas actuales) lo primordial en sus relaciones, cómo tampoco aunque de manera inversa para nuestra cultura lo constituyen los modos de relacionarse en la armonía y el placer consensual de las experiencias cotidianas.

Necesitamos crear espacios de convivencia basados en emociones diferentes a las propuestas por nuestra cultura. A partir de éstas reflexiones, cabe la posibilidad de que en las organizaciones y en las comunidades generemos espacios de relación basados en el logro del bienestar que puede darse como un fluir espontáneo en la convivencia cotidiana en todos los ámbitos de la vida de los seres humanos; en el trabajo, en el hogar, en las instituciones educativas, de salud, en el gobierno y a donde quiera que vallamos para que sea compartida la construcción  y renovación de nuestras sociedades.

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